El primer dÃa alcanza para la ida. El segundo para la vuelta. La tercera jornada me dará de comer. Y la cuarta servirá para los traslados. Lo demás es simple codicia. ...
Ya. Lo aprendÃ: ser buena gente sólo provoca que la gentita te trate mal. Pero también sé que padezco de memoria a corto plazo o amnesia selectiva o como se le quiera llamar. Asà que para algunos seguiré siendo buena gente y para otros no. ¡Ah!, quizá la bilis no me deja pensar bien. ...
¿Alguna vez has visto a un niño asomar la cabeza por la ventanilla de un autobús? SÃ, seguro. Pues yo una vez miré a un infante sacar la cabeza para luego meterla, sentarse quieto en su asiento y tocar con sus manos el lugar donde deberÃa estar su rostro. No hubo lágrimas ni gritos, ni pucheros, sólo el silencio liso. Y la planicie...
Café. Rojo, carnoso, aún húmedo. Cereza de café. Y el calor que se arremolina debajo de los cafetales. Una cereza aquÃ, luego otra allá, y las dos terminan en la cesta que cargo. Hasta que la tarde se apaga. Y en una la noche sin electricidad el cielo negro es devorado por un millón de hormigas brillantes. Tres millones. Mil millones. VÃa Láctea...
Esto no es un libro, es una piedra lanzada al cieloy la promesa de regresar convertida en lluvia de estrellas. ...
El lugar es agradable siempre y cuando esté desocupado. Sin personas ni personajes. Sólo el amplÃo hueco. VacÃo. Si cierro los ojos podrÃa… no, el ruido que ensordece mis oÃdos impide pensar que éste lugar, el Café Central, esté vacÃo. Y menos cuando me pican el hombro o jalan de mi corbata para pedir algo. O me empujan mientras los clientes bailan desenfrenados...
–Piensa qué quieres ser –dijo con preocupación–, tienes que ser algo en la vida. –Soy Gerardo. –Algo de verdad, algo que te ocupe –agregó. –Soy Gerardo, el hombre que cuida cactus. Movió la cabeza despacio y suspiró. –Eso no basta –dijo con la mirada puesta en el suelo. Se levantó. Abrió la ventana y miró melancólicamente hacia la calle. Los haces solares se...