Nada hay más difÃcil que disponer la vida. Disponer de ella para quitarla o para infundirla, no importa. Yo pensaba que quitarla era más fácil, pero me bastó ver el reanimar milagroso de una cachorra ya muerta para comprender que nada hay más difÃcil que disponer de la vida
Descaradamente hurgo dentro de mis recuerdos. Descaradamente construyo una mentira reiterada. Escribo esto y estoy escribiendo otra cosa y trato de mentir mientras escribo esto y trato de ser sincero mientras escribo lo otro, que es mentira. No hay manera de pararlo, es como el falso rumor de una peste cercana, que da certeza al miedo y anima la fuga de los crédulos, quienes abandonan casas y talleres y se echan al camino como locos de vida, buscando un refugio innecesario. Asà me echo yo, rabioso y sin esperanzas, hacia las tierras baldÃas de mis recuerdos. Y trato de construir un nuevo y falso hogar. Y estoy casi mintiendo
Hubo una vez en la que yo vivÃa en una casa sencilla, en medio de un terreno pedregoso. Antes, en el sitio que ocupaba esa casa, hubo un horno de ladrillos. No era difÃcil encontrar vértices rotos de tabiques en medio del patio, o si se excavaba para construir una nueva letrina o sembrar un geranio, ahà aparecÃan los cadáveres deformes de los ladrillos reventados o quemados, escorias que se acumularon unas sobre otras como mudos residuos de una guerra sin ganadores
Al igual que todos, hubo dÃas en los cuales fui niño y solÃa vestir con una camisita de mangas cortas, roja y a cuadros, con un pantalón recto de tela café y unas chanclas de plástico, siempre polvorientas y de las cuales se asomaban unos dedos morenos. No hay razón para volver a la infancia y examinar aquellos tiempos, no hay motivo para que me detenga de nuevo en la sensación de calzar aquellas chancletas y escuchar el modesto cloquear de mis pasos. No hay razón, pero quiero, como Sherezade, contar mil noches en el cuerpo del niño que fui
Todo ha sido cierto. Todo lo que he ido contando hasta este momento: las vÃas del tren y el asesinato de Eva LucÃa, las trapecistas volando sobre las redes del viento, la trágica muerte de mis perros, Aureliano, la caÃda, el loco de Florencio, la mujer que fue mi madre; todo ha sido tan cierto y todo es tan sólo parte de la sombra de Sherezade. Nada he agregado que no sea honesto y sincero. Nadie tendrÃa nada que reprocharme porque nadie sabrá de este silencio inquieto; el cual siempre está a punto de morir por las noches y que ante su agonÃa, una palabra falsa sale a su rescate
Esto lo escribo porque es necesario asirse a las mentiras, es preciso hacer un camino, levantar unos muros, aunque sea con ladrillos reventados y quemados, para formar una trayectoria sin hilos ni minotauros. Sólo serán endebles tapias y serpentearán suaves colinas abandonadas, pero permitirán la transmutación de las horas de la noche en un lÃquido de madrugada. Escribo esto justo cuando el sueño vence y el cuerpo cede al cansancio, y los recuerdos se hacen preciosos y forman una endeble verdad. Un juego de niños, un juego milenario para seducir la espada y evitarla
PodrÃa incluso detenerme en cada uña de mis dedos, decir que el meñique del pie derecho estaba ligeramente torcido, encorvado, que parecÃa un diminuto Rigoletto coronado con una uña minúscula. PodrÃa también describir el corte recto de mi pantalón, hacer alusión a la perpendicularidad con la curvatura de la tierra; entrar en detalles sobre mis chanclas, las cuales me producÃan la sensación confusa de ser un pequeño adulto mal logrado
No lamento que mi voz se pierda en esta pedestre construcción, no lamento que la voluta sea mi proceder. He salido a dar un paseo y sucede que me detengo ante cada detalle porque quiero prolongar el camino. Sucede que los laberintos vuelven la mirada coclear y parecen alargar el tiempo. Y entonces llega la confusión, la sal acaricia al desierto, observa a las ciudades; y un suspiro insumiso hace temblar al universo. Allá Lot y allá yo, ante una tierra yerma e infinita
Vestido de aquella manera me vi una vez, en un sueño. Suspendido sobre mi casa —a diez o quince metros— volaba con los brazos extendidos en cruz y planeaba, como un inocente zopilote, sin alegrÃas ni sorpresas. Desde aquella altura veÃa el patio de mi casa, y justo en medio del patio, veÃa a un niño de camisa roja a cuadros y pantalón café, que calzaba chanclas. Era yo en la tierra. Desde el aire me veÃa en el suelo, con la cabeza hacia arriba. VeÃa que miraba a aquel pájaro conocido que también era yo. Y mientras tanto, yo en el suelo, dejaba sentir el pequeño peso de mi cuerpo sobre las chanclas, alzaba la mirada y observaba a aquel niño planeando en el cielo. Fui simultáneamente volador y terrestre. Fui simultáneo al suelo y al aire. Desde el patio me veÃa volar y desde las alturas me veÃa anclado a la tierra. Volando me veÃa en la tierra observándome volar. No fue un desdoblamiento ni un caso prematuro de Doppelgänger. En todo momento fui yo y nadie más que yo
Años después, sobre ese horno y sobre esa casa construyeron otras casas, más grandes, más fuertes, más lindas. Ya casi no regreso a ese lugar; en cambio retorno, cada vez que puedo, a ese sueño porque es el más antiguo que conservo. Y lo cuido con esmero porque últimamente las noches han sido blancas para mÃ. Y regreso a él con mayor frecuencia desde aquel mediodÃa en el cual me vi obligado a ser Sherezade
Hay sueños dulces de los cuales emerges como de un baño de agua caliente. Hay sueños sutiles que derraman su humedad por entre los resquicios de mi escritorio, en plena jornada laboral, y que mojan de vez en cuando algún oficio rezagado o un cheque cobrado hace muchos meses. Aquel sueño ha sido el aroma persistente de un perfume aún no imaginado. Todos los dÃas, cuando estoy frente al reloj checador, me prometo repetir el sueño. Todos los dÃas, cuando vuelvo a estar frente al reloj checador, reitero mi fracaso. Y todos los dÃas, en medio de la mañana que ilumina mi habitación, percibo el trasminar de la muerte, como el masticar de una polilla constante en mis huesos
Esto lo escribo y es pura escritura. Nada habrá de sorpresas. No quiero engañar con la ficción. Pero hay mentira por el simple hecho de ser escrito. Si hay necesidad de un personaje, lo doy: Trato de recordar por qué el futuro sólo promete vacÃo para mÃ. Además, olvido decir que olvidar no es fácil, que los circos se prenden a los dedos y las perras acometen contra los párpados, que los nombres de las difuntas quiebran las venas de vez en cuando y que los dÃas luminosos de noticias mortales todavÃa estallan aquÃ, en Xalapa, aquÃ, en cada gota de sangre que se torna azul, aquÃ, tan lejos de Santa Cruz Amilpas
Quiero reparar en dos hechos ocurridos en mi niñez: el primero es un sueño de mi infancia y el segundo es un recuerdo de la misma época. Quiero reparar en el sueño y en la caÃda, porque el recuerdo atañe a un accidente leve que sufrÃ. El sueño es el recuerdo más antiguo que poseo; la caÃda representa el primer contacto, no con la soledad, sino el aislamiento. De pequeño jugaba solo, celebraba pomposos bailes de flores y construÃa frágiles escalinatas con arena. De cuclillas, con la cara fija sobre mi sombra, pasaron los dÃas sobre mis espaldas y yo nunca me cansé de jugar con el silencio. Mis dedos regordetes acariciaban el lomo de la soledad, porque la soledad a veces tomaba el cuerpo de una perra condenada a una muerte trágica. Ahora es fácil maquillar los hechos de mi infancia, maquinalmente lo hago, como lo harÃa la prostituta vieja acostumbrada a eyaculaciones precocez
En aquella ocasión no experimenté miedo, sino más bien la sensación de no pertenecer a nada, de no estar ligado con nadie. Fui sólo un niño pequeño que cayó por accidente en el fondo de una zanja, un niño que no espera que alguien se asome, ni que alguien consiga una escalera o una soga o una rama para sacarlo a la superficie. Y que afuera de la zanja, ese niño sólo admire sus zapatos llenos de lodo y su ropa manchada de tierra. Asà sabrÃas, niño, que en aquella zanja quedará enterrado el tiempo transcurrido en aquella zanja, incluso cuando el pasado evite quedarse en el pasado. No cargarás con él aún cuando cargues con el lodo en tu cuerpo y sonrÃas ante esa hojarasca de los dÃas, de los recuerdos, de los papeles. Ahora que eres un adulto de cuerpo sigues añorando el cálido regazo maternal, aquel espacio dentro de la zanja donde nada ocurrÃa y nada podrÃa ocurrir más que la espera. He hablado demasiado y la ficción ha sido erosionada hasta llegar al tuétano: esto no es producto de la fantasÃa sino más bien de un accidente, de la memoria que vomita como moribunda luego de una contusión cerebral. Y en su agonÃa balbucea tiernas e incoherentes canciones de mi niñez. Y en esta ocasión sà experimento miedo
He dejado de imaginar historias y ahora sólo me dedico a visitar mis recuerdos, todo por la certeza de que, tanto ellos como yo, pereceremos. Es igual que frecuentar a familiares ancianos o desahuciados, se mantiene la misma complicidad del presente cada vez más efÃmero. Mi abuela, por ejemplo, de vez en cuando echa una mirada inquisitiva ante mi silencio delatador, como si preguntara «¿tú también?», como si pudiera oler en mà eso que le crece a ella en la sangre y que nos obliga a mirar despacio, a respirar lento y a acumular el presente como si fuera lo único, porque en realidad es lo único. Al menos ellos, mis recuerdos, podrán seguir hablando, palpitantes y tristes, en una tumba más viva que la mÃa. Ya no son tiempos para mentir, tampoco para decir la verdad. Son tiempos para estar y yo he elegido estar acompañado de mis recuerdos. Vuelvo la vista y puedo vivir en el instante de la sal nómada. Ya no hay tiempo para mentir, ni tiempo para las verdades. Apremia la necesidad de hacer vivir a los vestigios, o por lo menos dejar espléndidas ruinas: únicas palabras posibles después de la muerte
Decir que vivÃa a las afueras de un pueblo chico es decir que vivÃa dentro del silencio de matorrales y entre la indiferencia de vecinos mustios. Es muy fácil engastar palabras en oraciones siempre rutilantes. Una construcción laberÃntica al azar, he confesarlo. No hay anécdota ni clÃmax, mucho menos personajes complejos ni peripecias. Son sólo dos recuerdos incrustados en un rÃo manso. Es lo que puedo dar y no quisiera pedir perdón por las palabras innecesarias y las ficciones deficientes. Diré que las afueras de Santa Cruz Amilpas tuvieron drenaje alrededor de 1991 y que por ese motivo las calles —todavÃa no pavimentadas— fueron abiertas. Con tablones se improvisaron puentes para cruzar las zanjas y estas maderas me recordaron a las tablas de castigo de los barcos piratas. HabÃa también montÃculos de tierra al lado de las aberturas del suelo, y todo eso hacÃa creer que las calles estaban sobre una plancha de quirófano, anestesiadas y sometidas a una operación grave, con diagnóstico reservado
Debió suceder en agosto debido al lodo que habÃa a causa de una lluvia nocturna. Era de mañana porque yo me dirigÃa a la primaria. Por alguna razón iba solo y antes de entrar a la escuela debà resbalar y caer en el suave fondo húmedo de la zanja. Los dos metros de profundidad fueron en realidad telescópicas lejanÃas para mi pequeño cuerpo. El llanto no vino a mà porque no era tiempo de llanto sino de resignación. Espere callado y pronto vi crecer las cabezas curiosas a lo largo de la zanja. Una maestra de la primaria es la que se recorta con mayor fuerza de entre esas muecas de burla: la veo preocupada y atenta. Ella es la maestra de cuarto grado y es la maestra de mi hermana. Es la maestra a la cual Florencio, el loco del pueblo, agredÃa de vez en cuando porque le molestaba que se maquillara profusamente y que usara colores brillantes en su vestimenta. Florencio, el loco, se aparece como otra cara más en ese horizonte vertical de miradas aunque no estoy seguro de que estuviera ahÃ, viéndome en el fondo de una zanja mientras sentÃa aquel frÃo sempiterno
Me equivoco al escribir esto y lo sé. Pero desde hace tiempo que el miedo al fracaso ha abandonado mi cuerpo. ¿A quién le puede importar lo que sintió un niño en un pequeño pueblo, al caer en una zanja? Me equivoco de nuevo y mi alma amoldada a la ruina cae reiteradamente, abraza gustosa al error, risueña va a dar al fondo del olvido, sin esperanza de que una maestra de primaria dirija su rescate, o siquiera que un loco la observe con esa mirada de verdad que sólo los locos poseen. Esto es lo que puedo dar sin llegar a ser un mentiroso, sin llegar a decir la verdad
Ni siquiera diré cómo es que me sacaron ni cómo, al salir, sentà un ligero pesar por entrar al salón de clases con los zapatos embarrados de lodo. Nunca ha sido el tiempo para detenerse en el otro y hoy no quiero detenerme ni en mÃ. Aún nosotros estamos tan distantes de nosotros, como si voláramos y desde el cielo nos observáramos a la vez, parados en la tierra, con la vista vuelta hacia arriba, mirándonos volar. Ese es el sueño que iba a contar, pero el sueño en el cual el niño, yo, se ve volar será postergado porque justo ahora todo aquello que quiero decir y que no he dicho se agolpa en mi boca, y se instala en mis dedos una pesadez que evita cualquier indicio de palabra. Ya no quiero cargar con el lodo, ya no quiero cargar con el dÃa luminoso en el cual, ante aquellos ojos azules, falsos, me decidà a reiterar la mentira, y dejar de afirmar para sólo insinuar, y confundirme entre las sombras de una noche y ser el sudor de la oscuridad. No sólo fue una zanja porque esa zanja es parte de una trinchera
Y Josué mandó al pueblo, diciendo: Vosotros no gritaréis, ni se oirá vuestra voz, ni saldrá palabra de vuestra boca, hasta el dÃa que yo os diga: Gritad; entonces gritaréis. Asà que él hizo que el arca de Jehová diera una vuelta alrededor de la ciudad, y volvieron luego al campamento, y allà pasaron la noche.
Josué 6:10-12
Otro dÃa sucedió que mi madre dejó de estar ausente y yo, de pronto, me encontré frente a una mujer desconocida. Dejé de ver a mi madre durante un año. Ella, como mi padre y mis tÃos y mis primos, cruzó un dÃa una lÃnea imaginaria. Se movió de Oaxaca y trabajó para una familia en California. Mi abuela —que al enviudar dejó a mi madre y a mi tÃa, aún niñas, en un orfanato—, pasaba las tardes en mi casa; ella cuidarÃa a los hijos de su hija. Y allá, a más de dos mil kilómetros de distancia, Benjamin y Antoni, los hijos californianos de una pareja de comerciantes chinos, le tomaban un cariño vespertino a mis padres
El asunto se adereza con la mujer, tremendamente guapa e hija de un mafioso chino, que se enamoró de mi padre y le prometió fortuna y felicidad; con Abramcito, el oridundo de Tlacolula que querÃa aprender inglés y que a veces olvidada el español y entonces no podÃa articular palabra en lengua alguna y quedaba mudo y lleno de impotencia frente a las feroces caras expectantes —a punto de la burla— de sus hermanos; o con la vez que mi padre cortó, por confundirla con mala yerba, una planta preciada por Helen, la china californiana madre de Benjamin y Antoni. Todas esas historias las cuenta mejor mi padre, con su voz ronca y el vaivén de su manos duras, compuestas de dedos gruesos que parecen guijarros abandonados en un rÃo. Él cuenta sus anécdotas con grandes gestos morenos, mientras destellos de melancolÃa atraviesan tranquilamente sus ojos adormilados por el tiempo. Y cuando empieza a contar todo aquello, sin importarle repetir una y otra vez los detalles, su boca se vuelve una ansiosa ramera que quiere tener una palabra que la llene. Mi padre tiene un carisma especial con los niños y los hijos californianos de aquellos chinos, herederos de un pujante negocio de importación, pronto se dejaron seducir
Durante el tiempo que mi madre cuidó a esos niños, mi padre cargaba cajas llenas de labiales y sombras por las mañanas y por las tardes daba mantenimiento a la residencia de los chinos. No recuerdo cómo fue la primera noche sin ellos, sin mi madre. No recuerdo escenas de despedida o dÃas de tristeza. Sólo puedo evocar un teléfono público, instalado en una de las pocas tiendas que habÃa en el pueblo por aquellos años. Ellos dos fueron siendo cada vez más tan sólo un teléfono que sonaba los domingos antes del medio dÃa. En aquel entonces, ante un primer aviso, habÃa que ir a la tienda de Chayo y esperar diez minutos para escuchar el timbre y comenzar a reconstruir las caras a partir de las voces. Era como tejer retratos con el hilo del sonido; una tonalidad, un timbre, una inflexión: eran los colores que buscaba yo. Ahora siento que me he convertido, un poco, en no más que un manojo de ondas electromagnéticas que cada domingo por la tarde hace sonar su voz. Ahora, que estoy a más de trescientos kilómetros de Santa Cruz Amilpas, sé que no se puede reprochar el olvido
No recuerdo esos minutos de espera, pero quiero imaginar que permanecÃa sentado en alguna banca vieja de madera y que mis pies se columpiaban, aburridos y acalorados, en medio de esa tienda donde los aromas del azúcar y de los detergentes se mezclarÃan en una tenue oscuridad. La tienda de Chayo continúa en su sitio, si bien ha sido remodelada varias veces: se deshizo del viejo mostrador de madera, ahora tiene varios enfriadores de colores llamativos y ya no vende panela en cucuruchos de papel estraza. A pesar de los cambios, la última vez que entré en la tienda la percibà tan vieja, como si el tiempo proyectara sobre ella una sombra indeleble. Vieja, tan vieja, otra vez vieja, parece que esa tienda librara una batalla continua contra el deterioro, y no pudiera ganar jamás. Pero su pequeño triunfo radica en esos pocos años que siguen a las remodelaciones: esplende y asombra, engaña al proclamarse nuevamente nueva bajo la mirada condescendiente del tiempo. En aquellos minutos de espera seguramente el tiempo también marcarÃa mi rostro ovalado de niño aburrido
Entre las fotos familiares que conservo hay una de Disneylandia. Están mis padres con suéteres de colores y cada uno abraza a un niño chino. Fueron con Benjamin y Antoni mientras yo jugaba, seguramente, con un montón de tierra, a mitad de un patio colmado de sol. Mi madre siempre cuenta que se divirtió mucho en aquel parque y que son necesarios varios dÃas para agotarlo. Yo jamás he tomado un avión, y debido a la desesperanza que he adquirido, es seguro que jamás salga del paÃs. Pero en ese entonces yo era un niño y jugaba con tierra, piedras y flores y mi padre tendrÃa la edad que tengo en este instante que escribo, que trato de llegar al momento en el cual mi madre regresó, luego de un año de ausencia. Este suceso se niega a ser atrapado por estas manos faltas de pericia y esta mente que se asombra con cada minúscula piedra que encuentra en el desierto. Camino por la espiral que dibuja la rosa de Jericó y hago el vuelo de la ortega
Es difÃcil para mà describir la escena porque la tengo tan incrustada en mi mente, con sólo decir: «una mujer vestida con blusa azul se columpiaba en una maleta» ese momento se recrea con precisión. Pero no será evidente para alguien que no haya visto a esa mujer dubitativa, frente a esos niños tan morenos y de cabellos secos por el sol, sentada sobre el equipaje que emanaba aún el olor a bienestar y comodidades lejanas. Allá, a miles de kilómetros, quedó la piel suave de aquellos niños chinos, hijos de un próspero matrimonio. Y yo tengo el propósito de no ser crÃptico, aunque todo esto que hago y digo y escribo y pienso sea sólo para mÃ. Pero no lo es únicamente. Asà pues, como vestigios de una esplendorosa y antigua ciudad, sólo conservo fragmentos de la escena donde mi madre se columpia en su equipaje
No recuerdo dónde estaba ni qué hacÃa en el momento en que ellos llegaron. Años después, cuando mi padre volvió a irse y volvió a regresar, grabé el instante preciso en el cual él fue a buscarnos, a mi hermana y a mÃ, a la escuela primaria. Pero con esta ocasión que trato de describir, no puedo recordar mayores detalles. Sólo sé que ellos llegaron con muchas maletas y cajas de regalos, con dólares en billetes y monedas y ropa nueva. Hubo pantalones de mezclilla, playeras con dibujos inusitados en aquel pueblo y un Súper Nintendo. TodavÃa en estos dÃas manchados por la irracional inocencia, después de veinticinco años, regreso a ese hogar y suelo prender la consola y jugar los juegos que me sé de memoria
No hace falta detallar el tamaño y forma de la maleta, ni la manera en la cual aquella mujer «se columpiaba», porque lo importante no es la posición en la que ella se encontraba sino cómo es que yo, viéndola oscilar sobre su maleta, no la reconocÃ. No la recordé. Bastó un año para olvidar a mi madre. Aquella mujer rolliza, de tez más blanca y cabellos ondulados y brillantes, no mantenÃa relación alguna con la madre delgada, de rostro manchado por el paño y de carácter explosivo. Tuve una madre maltratada, tuve una madre-teléfono y ahora se presentaba ante mà una madre novedosa
Todos los que se van a Estados Unidos regresan más gordos y más blancos y más felices, al parecer. Aquella mujer se mece y sonrÃe, un tanto tÃmida y un poco confundida, y callada desea que su hijo, tan igual como siempre, se acerque a ella y la abrace y le diga: «mamá, te quiero, te extrañé». Pero sólo sucede la prórroga, sólo una estéril espera como de muerte. Mis ojos van de aquella mujer a mi hermana mayor. Veo a mi hermana porque es la única persona que puede aclarar la confusión, la única a la que podrÃa creerle la mentira. «Ve, abrázala, es mamá». Y entonces no doy crédito. Dejo de tener certeza de los cambios y de la permanencia. No se puede reprochar el olvido. Y yo la olvidé muy pronto. Quizá cuando la creà sólo el auricular del teléfono de la tienda de Chayo. Quizá desde la primera noche que no me dio una taza de café aguado con galletas de animalitos. La olvidé para siempre: en aquel encuentro con la nueva mujer no quedé convencido de estar frente a mi madre. No la sabÃa mi madre, pero soy práctico
Años después tampoco quise saber de las cosas invisibles, negué esa proliferación molecular y no deseé ser práctico. PodrÃa decir que hablo sobre el tumor en el cerebro de mi madre, sobre el tumor en la médula de mi hermana, sobre los padecimientos visuales de la familia. PodrÃa decir que rompo lazos fácilmente. PodrÃa decir que las pesadillas no fueron por mÃ, porque yo no me he ido, pero en realidad me fui para siempre en aquel medio dÃa de los ojos azules —como se fue mi madre para nunca regresar a pesar de volver—, dÃa en el cual necesité mucho ser Sherezade. Y ahora lo usual, lo que soy yo desde hace años: aquel medio dÃa y aquella sangre que se torna azul, aquel deseo de seducir a la espada una noche más, aquel ir detrás de la sombra nocturna de Sherezade, el decir y no decir, el querer pronunciar la sentencia con mis silencios tontos. Soy práctico
Todo es un burdo pretexto para no morir. Para no disolverme de nuevo en el aire y no ver el púrpura de cerca otra vez. Ni siquiera trato ya de ser oscuro ni de cifrar mi discurso. Si no se me entiende es por negligencia mÃa y descuido tuyo. Y Sherezade todavÃa despierta en Santa Cruz Amilpas, camina de dÃa por sus calles irregulares, se mete en las casas de Cipriana, de tÃa Agustina, de Albina, de Cheo, de tÃa Ramona o de la difunda doña Chagüita. En cada sombra recoge un recuerdo para construir la ficción nocturna con la que enfrentará al sultán, a ese hombre que sà quiere creer la mentira, deseoso de una noche más. Y yo, otra vez niño, voy detrás de ella, creyéndola una gitana, creyéndola quizá, mi madre
Mucho tiempo después sabrÃa que ese nombre está cargado con el peso de un mundo. Por lo mientras, en aquella pequeña infancia, Aureliano sólo era mi amigo. Su padre era albañil y su familia habitó el fraccionamiento alzado a un costado del rÃo. En una ocasión, cuando yo tenÃa tres años, atravesé ese fraccionamiento en brazos de mi madre. Apenas alzaban las casas y las débiles varillas formaban una danza quieta de esqueletos. Las calles no estaban pavimentadas. Recuerdo que iba en brazos de mi madre porque llovÃa a cántaros y ella corrÃa para protegernos, pero en su ciega carrera caÃmos juntos en un amplio charco
Aureliano y yo cursamos juntos la primaria y la secundaria y siempre pertenecimos al cuadro de honor. No éramos como Rodolfo, ese amigo inquieto que una vez se rompió la frente luego de brincar y pegarse con el canto del pizarrón, o que un dÃa dejó varada la camioneta de su padre en lo alto de una represa. Aureliano y yo éramos los «listos», y eso nos confirió cierta autoridad: la de los elegidos a iniciarse en los misterios de una religión inútil. Él y yo éramos siempre los candidatos para representar a la escuela en los concursos de conocimiento. ¿Qué tanto sé y qué tanto sabe el otro? Según los exámenes, cuando cumplà once años e iba en sexto de primaria, yo era el más listo de la escuela. Aureliano siempre fue el segundo. Y a Rodolfo lo pasaban de año para no soportarlo un periodo más en la institución. Asà se fueron los años y los dÃas, las horas eternas de la infancia y el infinito aburrimiento de las vacaciones de niños. Sólo los cerros y la tierra me rodeaban, y una soledad que me enseñó a hablar el silencio
Fue en la secundaria, luego de otro intento fallido de parte de Aureliano para asistir a uno de estos concursos, que él descubrió que todo era e iba a ser inútil. Él lo descubrió a tiempo, prematuramente quizá. Por eso creo que esos exámenes y esas preguntas nunca iban a calificar la verdadera inteligencia de ese niño, de ese adolescente. Yo continué con mi fama de «cerebrito» y otra vez representarÃa a la Escuela Secundaria Técnica No. 116 de Santa Cruz Amilpas. Al dÃa siguiente de que esto se supo, él se acercó a los «malos» de la escuela. Se propuso ser cholo, ser parte de esa encantadora y cándida pandilla de jóvenes cuyo mayor problema era tener mucho tiempo libre. Según sé, Aureliano se sometió a un ritual de iniciación que tampoco le serÃa útil: un montón de adolescentes lo patearon por algunos minutos para que se ganara un lugar, el más bajo de seguro, entre esos chicos que daban a lavar sus pantalones holgados a sus madres
Aureliano ya no fue más el niño aplicado ni el tÃmido enclenque de cabello lacio y piel cobriza de bengalÃ. Él supo muy rápido que abrir los ojos al mundo, independientemente de si se hace frente a los libros o frente a la carne, es doloroso. Cambió ese futuro padecer que la mirada constante provoca, por el golpe intenso y pasajero de unas patadas, por un poco de indolente olvido, por un poco de anestesia ante los dÃas, por un poco de ordinaria certidumbre. Y dejó la escuela
Él ahora ya no es cholo y no sabe de Sartre ni de Camus, y con cada ladrillo que pega, con cada bulto de cemento que convierte en mezcla y cada varilla y piedra que transforma en muro, sigue estando igual de distante del gran pensamiento de nuestros tiempos. Y no importará, porque para ser albañil no se necesita saber de Lacan o de Foucault. Para vivir, en general, no se necesitan de nombres
Hace años, cuando todavÃa no sabÃamos que éramos inocentes, podÃamos hablar sin aburrirnos; hoy, si lo encuentro, es seguro que no pueda decir más que lo innecesario. Cómo estás, cómo van los hijos, cómo va el trabajo. Y yo sentirÃa una ligera vergüenza por mi completa inutilidad, pero también una sórdida satisfacción por ser un inútil descarado, uno que se sabe inútil y no trata de engañar. Un inútil para vivir porque la vida es una vertiginosa acumulación de tiempos que se reducen y toda acción es trivial. ¿Cristo o Hitler? Nada queda de ellos más que un pálido eco cada vez más lejano. Y mientras escribo esto, Aureliano doblará varillas con su tristeza cercenada de albañil
Mis amigos de ahora saben otras cosas también inútiles, rimbombantes, pulcras, sÃ; casi de cristal, pero que no se alejan mucho de esa mezcla de cal y cemento que carcome las manos, de esas varillas indómitas sentenciadas a la corrosión, de esos ladrillos cocidos que vienen de la más sencilla tierra. Y yo sigo sintiendo el continuo caer, el agua de lluvia y el agua de charca. Miro las casas del fraccionamiento y sé de sus debilidades, sé de sus costillas cansadas y de sus techos rellenos de unicel. Aureliano, ¿tú qué clase de casas harás?
Mis amigos de ahora saben otras cosas también inútiles, rimbombantes, pulcras, sÃ; casi de cristal, pero que no se alejan mucho de esa mezcla de cal y cemento que carcome las manos, de esas varillas indómitas sentenciadas a la corrosión, de esos ladrillos cocidos que vienen de la más sencilla tierra. Y yo sigo sintiendo el continuo caer, el agua de lluvia y el agua de charca. Miro las casas del fraccionamiento y sé de sus debilidades, sé de sus costillas cansadas y de sus techos rellenos de unicel. Aureliano, ¿tú qué clase de casas harás?
Quiero
consignar ahora una serie de sucesos inocentes, casi carentes de
importancia. Sólo me impulsa el deseo febril de que estos hechos no
sean arrastrados por la corriente del olvido y su existencia
transcurra oculta debajo de un fino lodo, aplastada por una oscura
negligencia. Por eso me obligo a escudriñar cada hecho, como el
arqueólogo que levanta del suelo cualquier piedra, cualquier
fragmento y descubre en la más simple roca una figurilla
prehispánica. Asà pues, hay que proceder como el arqueólogo y
recolectar y limpiar con cuidado fragmentos dispersos, para unirlos y
luego buscarles un lugar en una vitrina y confinarlos a un tedioso
descanso, dentro de la sala silenciosa de un museo que nadie visita. Son
hecho sencillos, como los fragmentos de vasijas que se encuentran
alrededor de las antiguas ciudades zapotecas o mixtecas
Hace
años, cuando aún era niño y como niño no tenÃa ninguna
obligación vital más que la de vivir, se instaló un circo a pocas
calles de mi casa. El circo empezó a crecer en la cancha del pueblo.
En esa cancha aún hoy, cada tres de mayo, se celebran bailes y
jaripeos en honor del santo patrón. Diré cosas simples que
quizá sólo importen al niño que las vivió, porque a mÃ
únicamente me mueve el interés del anticuario y el insano deseo de la ficción. Hace tiempo que he dejado de consignar los hechos
importantes, porque creo que las cosas pequeñas merecen más
atención en estos años en que sólo lo serio y lo grande parece
importar
Apenas
comenzaron los hombres del circo con su trabajo y los niños de mi
pueblo atendimos al llamado anónimo e invisible de la curiosidad.
Formamos una menuda red alrededor de la cancha, como buitres que
esperan los últimos pasos de un elefante enfermo. Fuimos testigos de
cómo crecÃa poco a poco la carpa. TodavÃa puedo hallar en mi
memoria algunos fragmentos que me hablan de hombres clavando estacas,
sujetando gruesas cuerdas y realizando grandes esfuerzos. Son ya sólo
brazos, siluetas de manos y fragmentos de cuerdas, trozos de
resoplidos mezclados con largos maderos; la tierra horadada y el
césped aplastado. Puedo unir esos fragmentos para obtener la imagen
de sogas tensándose al atardecer
Era
un circo pequeño. Uno de esos circos que se mueven en rutas
periféricas, que nunca competirán contra un circo lujoso de dos o tres pistas. Es un modo de sobrevivir: en lugar de rentar un
espacio caro dentro de la ciudad, buscan un terreno amplio y barato
en las afueras. Santa Cruz Amilpas, en ese entonces, empezaba a
ser parte de la zona conurbada de Oaxaca. Era un circo familiar, con
pocos animales y muchos infantes. Nosotros entramos pronto en contacto
con aquellos niños de tez tostada y cabellos pálidos, casi
rubios. He llegado a pensar que eran húngaros. Entre ellos se
hablaban con palabras que nunca comprendimos, aunque nos parecÃan familiares
No
tuvieron que pasar muchos dÃas para que mis tardes se convirtieran
en tiempo gastado alrededor de las casas móviles, entre animales de
mirada opaca. Pude tolerar el olor del estiércol y el olor a mugre
de los niños, me acostumbré a sus extraños modales y siempre me
admiraba de sus cabellos cenizos, casi rubios, que rutilaban aún
ante la escasez de la luz
No
puedo precisar los detalles de las funciones del circo. Por más que
busco no puedo hallar imagen alguna de las acrobacias y los malabares
dentro de la carpa, con las luces, la vestimenta y el maquillaje de
una función estelar. De hecho ni siquiera sé si fui a una.
Conservo, eso sÃ, los momentos de ensayos y las caÃdas de los
equilibristas sobre una gran red. Cuando iba a medio dÃa, los niños
del circo me permitÃan pasar a la carpa para ver cómo sus padres
repetÃan una y otra vez los movimientos que les darÃan de comer. A
esa hora el olor de la orina de los caballos y los camellos crecÃa
en todas direcciones. El circo no despertó el interés del pueblo y
las tardes de sus integrantes se volvieron largas y precarias.
La
mamá de uno de los niños del circo era trapecista, todavÃa la veo
mecerse, como una niña triste que flota en el aire, indecisa ante el
vacÃo. Examino un fragmento de su figura: su rostro luce sin
maquillaje, vestida de manera cómoda, sin lentejuelas ni canutillos.
La veo oscilar, tan libre sobre el suelo. Es una de las piezas mejor
conservadas: como esas figuras aztecas de barro que representan a
guerreros águila. En momentos de tristeza me paseo por las salas
desiertas de mi museo y siento envidia ante ese movimiento pendular
que no me he atrevido a concluir
He
dicho que consignarÃa sucesos inocentes y casi sin importancia, mi
infancia estuvo llena de esos momentos y ahora, que cada decisión
conlleva la mutilación del futuro, sólo hallo refugio en aquellos
recuerdos. Hoy el presente se bate en una guerra civil contra el
pasado y es preciso salvar lo valioso del desastre: una tarde de
mi infancia, la fotografÃa de una persona que ya murió, la agonÃa
de una perra, el engaño continuo, cualquier cosa
Hubo
un circo cerca de mi casa y jugué con los niños del circo pobre.
Cuando yo era pequeño mi pueblo era pequeño; estaba muy cerca de la
capital, pero eso no le quitaba lo minúsculo. Quinientos habitantes,
quizá. En los pueblos de los alrededores otros tantos. Nunca la
gente será suficiente para sostener en el aire a funámbulos y a equilibristas, para reÃrse de los payasos e intimidar la danza de los osos y la paciencia de los elefantes. El circo agotó el asombro de los pueblerinos, y luego de
dos o tres semanas se tuvo que ir
Las
tardes fueron cálidas porque sólo eran una repetición de
aburrimientos compartidos. Casi no recuerdo a los niños del circo,
pero sà su carácter un poco hosco. Nunca los vi comer y de hecho
nunca vi comida en el campamento. Lo que sà vi fue la falta de un
caballo y entendÃ, por algún comentario de los niños, que uno de
los payasos lo habÃa matado. El alimento para los animales era
insuficiente y el caballo estaba viejo, ya no era ágil, cada vez
servÃa menos. Los caballos no son atractivos y si dejan de ser
útiles su existencia se vacÃa de sentido. Un camello, en cambio,
siempre despertará la curiosidad en los niños que, como yo,
sólo pueden ver y oler a un animal de esa clase en los circos. Según
entendÃ, gracias al caballo pudieron comer varios dÃas una carne
insÃpida y dura, casi insustancial. Ese caballo les dio la fuerza
para destensar las sogas, sacar las estacas de la tierra y echar
abajo la carpa
Una
tarde, después de la escuela, fui a la cancha y la encontré desnuda
de todo circo, con el pasto arruinado y vacÃa de toda clase de niños. En una ocasión, antes de que se
marcharan, llegué a la parte trasera de las casas rodantes. De la
tarde sólo quedaban restos de una luz en suspenso; una serie de
gruñidos me guiaron en medio del campamento. Ahora percibo el
contorno de una figura en el suelo, oblonga, que se sacude de tiempo
en tiempo. Dije que consignarÃa los hechos
sucedidos durante la estancia del circo en mi pueblo y eso es lo que
trato de hacer. Coloco con cuidado las piezas restauradas en este
museo abandonado
Hay
que tener cuidado, porque es muy fácil confundir un guijarro con una
figurilla prehispánica o soltar para siempre una cara de barro
erosionada por pensarla un trozo de tierra dura.
Conforme
avancé pude notar que el cuerpo del caballo yacÃa en el suelo. Los espasmos que vi eran animados
por los movimientos febriles de los niños del circo, vi algunas
corvas y algunas piernas. Me acerqué despacio, como llamado por un
canto marÃtimo, hacia el desastre. Encontré a los niños prendidos
del vientre del equino, los vi igual a lechones ansiosos por mamar. Continúe la travesÃa y vislumbré las cabezas
de los infantes hundiéndose en las entrañas del animal. Aquellos
cabellos relucientes hasta en las penumbras se perdÃan entre las
costillas abiertas, rojas como nunca, del equino. Uno de los niños,
el más pequeño, alzó la cara; miré su rostro saciado de sangre,
carne y vÃsceras. Supe que habÃan sufrido de privaciones durante
los dÃas de funciones coloridas y música festiva, que el hambre les
fue creciendo en medio de risas infantiles afortunadas y de aplausos
mecánicos
He
dicho que consignarÃa acontecimientos triviales e inocentes que se
desarrollaron durante la estancia del circo en mi pueblo. He de
confesar que estos recuerdos son en buena medida infundados. Pero el
hecho de que sean casi mentiras no les resta valor alguno. Nadie
podrÃa negar la existencia de Monte Albán sólo porque las piedras
antiguas fueron acomodadas según caprichos modernos. Hubo una Monte
Albán y hay otra Monte Albán. Y existen. Lo del caballo lo imaginé
en mi casa, la noche inmediata a la desaparición del circo. Debió
haber sido después de la cena, antes de que las pesadillas
recurrentes de mi infancia me atacaran. Yo fui casi igual a esos
niños, sólo que yo no conocÃa el mundo
Lo
del caballo quizá hasta sea una mentira y no me avergüenza decirlo,
lo sé; sucede que últimamente, a mitad de estas tardes de
obligaciones retribuidas, merodeo por ese museo tÃmido, recorro las
salas pequeñas y me detengo a examinar las piezas discretas que se
guardan detrás de una vitrina. Y cuando el teléfono suena o un
oficio se hace urgente, vuelvo la mirada a la ventana en busca de una
carpa de circo. Quisiera haber visto un caballo muerto, o el trepidar
de una niña funámbula que me enseñara la manera exacta de oscilar
en el aire sin caer
Esta
historia sucedió hace ya algún tiempo y, como todo lo importante en
esta vida, lo que voy a relatar es sencillo. Trata de una cachorra
callejera que una mañana llegó a casa. Mi familia la adoptó y en
busca de un nombre se atravesó el de «Quiela». Cursi sÃ, pero en
aquel tiempo nos pareció el menos trágico. Alguna vez tuvimos una
perra llamada Laika que murió atropellada en la calle. También hubo
un perro llamado Oso que murió luego de una larga agonÃa producto
de la ingestión de carne con vidrio molido. Cosas que los vecinos
hacen o los conductores, por un descuido, cometen. Y Lobo murió
ahogado en una barranca, muy cerca de donde sucedieron las cosas que
contaré sobre Quiela.
Esa
perra era mala, hay que decirlo. Quizá vivió experiencias difÃciles durante el tiempo que vagó por las calles, o quizá simplemente
nació mala. Nunca tuvo el carácter que se espera de los perros:
sumisos, fieles, alegres, casi rayando en la idiotez. Ella era
reticente, como si en cada paso escondiera la posibilidad de una
tarascada traicionera. Su rebeldÃa podÃa incluso llegar hasta la hostilidad. En algunos momentos pude ver un cúmulo de
resentimiento en sus ojos, una mirada de desprecio sólo natural en
los humanos. A veces, estoy seguro, Quiela sentÃa odio.
Esta
es una historia pequeña, como la felicidad de este mundo. Siempre
que rememoro a Quiela imagino a Laika, no la perra que murió
atropellada afuera de mi casa sino la otra, la rusa, orbitando dentro
del Sputnik 2. Callejeras las dos, perdidas y destinadas a morir de
una pobre manera. Esta es una historia sencilla, sobre una perra
rebelde que no supo ser madre.
Quiela
entró en brama y quedó preñada. Recuerdo los dÃas en los cuales mi casa carecÃa de fronteras. Hoy es casi un búnker, amurallado,
con paredes altas y pintadas de rosado, sobre las que caen las flores
anaranjadas de una buganvilia. Antes, apenas unas láminas delgadas
dividÃan mi sueño de la calle. Fueron los tiempos de pobreza
extrema en donde las propiedades familiares se reducÃan a una cama
matrimonial, un ropero muy apolillado, una mesa grande y vieja y
algunas sillas forradas de material sintético. Pero cuando Quiela
llegó a mi casa, mi padre habÃa ya cosido tantos calcetines en
Estados Unidos que seguramente alcanzarÃan para abastecer a toda la
ciudad de Oaxaca. Quiela se detuvo frente a gran portón color
carmÃn, que encerraba una casa de tres pisos, la más alta del
pueblo. Rasguñó aquella superficie metálica hasta que alguien de
la familia la escuchó. Fue muy temprano, casi no habÃa gente en la
calle. Ella eligió el hogar y, de alguna manera, su muerte.
Esta
historia es sobre Quiela y cómo es que se preñó y después de un
tiempo parió cuatro crÃas en un lote baldÃo contiguo a nuestra
casa. Desde la ventana de la cocina, en el segundo piso, se pueden
ver parte los cerros que conforman el Valle de Oaxaca. Hacia ese lado
se ubica la escuela secundaria del pueblo —la técnica no. 116 de
Santa Cruz Amilpas—, rodeada de pirules y altos eucaliptos y
cipreses. En febrero, cuando la fuerza del viento aumenta, se podÃa
ver por las tardes la lenta conversación de los eucaliptos. Me han
dicho ahora que han cortado aquellos árboles y que su murmullo ya es
imperceptible. He de confesar que no recuerdo con exactitud ya las
fechas, últimamente ya no recuerdo la precisión, y en estos
momentos de grandes prisas ya sólo puedo asir los sucesos. Gran
ganancia será que de todo esto resulte un bosquejo sobre la muerte
de Quiela. Es seguro que yo haya egresado de la secundaria cuando
esta historia sucedió. Quizá ya habÃa empezado la universidad, y
quizá, al igual que Quiela, yo ya habÃa empezado a rascar el portón
metálico de mi muerte. Eso ya nada importa porque no se trata de mÃ,
ni de mis tiempos, sino de Quiela y de su memoria.
Ella
nunca quiso a sus cachorros. Fue negligente. A pesar de que
acondicionamos dentro de la casa un espacio para que estuviera con
sus perritos, ella decidió parir entre la maleza que abundaba en un
lote vecino. Ese terreno se encuentra entre la secundaria y mi casa,
desde la ventana de la cocina se podÃa observar en su totalidad. Por
eso supimos que Quiela habÃa elegido aquel lugar para tener a
sus cachorros. La habÃamos dado por desaparecida hasta que una de mis hermanas la vio
salir de entre la maleza.
Antes, cuando los eucaliptos confabulaban y mi casa era la más alta
del pueblo, todavÃa quedaban lotes llenos de hierba, a la espera de
retroexcavadoras, cemento y ladrillos. Porque
todavÃa recuerdo que fue una tarde de finales de invierno cuando
supe que mi casa era la más alta del pueblo. SubÃ
hasta el sitio donde reposaba el tinaco aburrido y callado. Tal vez
quise hacerle compañÃa y hablar un poco con él. Vi todas las
montañas, las de la Sierra Norte, desde el Cerro del FortÃn,
pasando por las faldas de San Felipe, San AgustÃn, hasta las que se
pierden rumbo a Tlacolula. Por el sur vi los pedregosos cerros de
Tlalixtac, las «chiches» de San Sebastián y Santa Cruz, las lomas
de San Antonio de la Cal, luego la ciudad, Monte Albán, y de ahà la
intuición de Etla. Vi que ningún techo superaba mi visión
periscópica. Pero esta no es la historia de una casa sino la
historia de una perra que parió cuatro cachorros en medio de la maleza.
Cachorros por demás débiles que no lograron despertar sentimiento
alguno en su madre.
Yo
fui al lugar donde parió. Cuando llegué ella estaba acostada sobre
los cachorros y estos piaban como pollos. Agudos y tontos, sonidos
que pronosticaban su fracaso. No sé a qué iba Quiela, porque a
pesar de que los cachorritos trataban de asir sus tetas, ella los
rechazaba. No los atendió. Quizá Quiela ni siquiera se dio cuenta
que aquellos retazos de vida necesitaban cuidados, simplemente no supo
cómo ser una madre. Como he dicho, esta es una historia sencilla y
trata sobre la muerte de una perra llamada Quiela que tuvo cuatro
cachorros.
Los
perritos estaban enfermos. En una ocasión aproveché que Quiela no
estaba y los revisé. Encontré larvas de moscas debajo de sus
lenguas. Ante la negativa de Quiela de amamantarlos y debido al
fracaso de mi hermana de alimentarlos con una jeringa, decidÃ
matarlos. Iban a morir de hambre de todos modos. Sólo en este punto
de la historia he recordado que maté a aquellos cuatro seres,
blancos con motas negras como su madre. He de confesar que cuando
empecé a relatar estos hechos sólo recordaba el estado lamentable
de Quiela en sus últimos momentos: llena de ámpulas por el incendio
que se dio en el lote donde ella continuaba echándose, aún después de la desaparición de sus perritos.
Ella
frecuentaba esa especie de refugio, cueva hecha de maleza, donde
parió a sus cachorros. La dueña del terreno decidió quitar toda la
yerba que crecÃa y prendió fuego. Debió haber sido un sábado
porque a esa hora yo no me encontraba en la escuela, estaba lavando
los trastes. Un chorrito de agua salÃa del grifo de la tarja. El
refrigerador comenzaba su proceso de enfriamiento con su ruido
ordinario. Entonces, desde la ventana, vi una ráfaga horizontal de
humo. De inmediato pensé en los dibujos animados de mi infancia: el
Coyote corriendo con el trasero quemado, dejando una estela de humo
tras de sÃ.
Yo
no recuerdo cómo es que Quiela entró a la casa. Quizá después de
lo cómico que me pareció esa escena, tomé conciencia de que era mi
perra y no un dibujo animado la que corrÃa incendiada. Pensé que no
serÃa grave, que sólo encontrarÃa a Quiela con el pelo un poco
chamuscado, con su mirada rencorosa, y nada más.
Ahora
la imagen que llega es la de Quiela en un rincón de la cochera,
sentada, con sus dos patas delanteras rectas y su cabeza altiva. La
vi tan orgullosa como nunca, tan arrogante y envestida con la
dignidad de los aristócratas condenados a muerte que marchan sin
aspavientos hacia el paredón. La cochera ha sido un sitio con poca
luz y amplio. Mientras iba avanzando hacia mi perra empecé a ver los
detalles. Sus ojos, creo, eran lo único que no tenÃa quemado. Poco
a poco, de la oscuridad, empezó a manar su cuerpo herido, sin pelo,
exhibiendo una piel repleta de heridas.
Esta
es la historia de Quiela, aquella perra que nunca lloró o gimió. A
veces, cuando mordÃa un zapato o jugaba con alguna prenda hasta
desgarrarla, se ganaba un golpe. Y nunca, por más fuerte que le
pegaran, gemÃa. Sólo regresaba una mirada llena de rencor que
detenÃa al momento la intención de un segundo golpe. Ni siquiera en
aquella ocasión de sufrimiento extremo esa perra se quejó ni quiso
bajar la cabeza.
TodavÃa
no sé la razón por la cual no atendimos a Quiela. Creo que
pensamos, como suele suceder, que sus heridas iban a sanar solas, que
después de esperar dos o tres dÃas la verÃamos correr de nuevo, en
busca de zapatos para morder. Creà en su sanación espontánea como
ahora quiero creer en la evasión de la muerte. Esta es la historia
de Quiela y sus horribles quemaduras que pronto empezaron a supurar.
Quiela se volvió más hosca, a cada intento de acercarnos ella
respondÃa con amenazantes gruñidos. Sólo le dejábamos agua y
alimento que ya nunca probó. Con el paso de los dÃas percibimos el
olor de la putrefacción y supimos que no mejorarÃa.
Un
vecino, justo el padre de la mujer que prendió fuego, llegó una
tarde a casa. Apuntó su rifle hacia la cabeza de la perra y disparó.
Chico Güero, le decÃan. Ese señor murió hace años. Hace poco
supe que su hija falleció de manera inesperada. Un derrame cerebral.
Pero esta es la historia de Quiela, mi antigua mascota que ahora es
una Laika que orbita sin descanso alrededor de mis recuerdos,
enardecida como nunca. TodavÃa hoy no me puedo explicar el porqué
no pensamos en llevarla con el veterinario.
Apenas
y puedo escuchar tus pasos en medio de este letargo de oscuridad. Las ruinas de
una música del pasado crecen dentro de mi cuerpo, quieren florecer
en ciudades blancas a la orilla del mar. Empiezo a oler la piel de tu
espalda y percibo, como murciélago, los movimientos de tu cuerpo
expectante. Entonces, el deseo comienza a calentar mis carnes y da
ánimo a mi boca quebrada por el silencio. Levanto el brazo y mis
dedos, que ya son como culebras nocturnas, acechan tu hombro, lo
rodean y lo estrujan.
Ahora
sólo puedo sentir tu resistencia, y enseguida tu dolor resignado.
Este eclipse para ti es caricia culpable; para mà es un frÃo que florece en mis huesos y una estrepitosa caÃda de nuevo
Y
su mirada perdida, opaca, cansada llegó hasta el patio de una casa
humilde, perfumada con virutas de cedro. Unos niños corrieron al
interior y él caminó detrás de ellos. Sus pies no dolÃan y sus
muñecas estaban libres. Encontró a una mujer que preparaba animosa
la comida. Él bien hubiera podido decir: «Magdalena, sirve que
estoy hambriento», pero unos gritos enervantes le arrebataron
bruscamente a la mujer y a los niños, y el soporÃfero aroma
doméstico se desvaneció. Volvió a sentir el dolor en el cuerpo y
comenzó a escuchar, con gran amargura, un nombre que se repetÃa con
fuerza creciente: «¡Barrabás!, ¡Barrabás!, ¡Barrabás!».
Antes
de salir recordó la propensión de su amada hacia los celos.
Infinidad de resabios erizaron su piel de hombre libre. Su corazón
latió violentamente al darse cuenta que preferÃa enfrentarse al Can
Cerbero que lidiar con las disputas domésticas. Entonces dudó e
instintivamente volvió el rostro hacia ella en busca de una sola
razón para quebrantar el orden de la vida. Al verla diluida, frÃa y en el
suelo, sintió un gran alivio
No
serás más que un mariconcito de colonia. Desde pequeño tu padre
tratará de «enmendarte». Tus tÃos te obligarán a jugar futbol
por las tardes y tus primos se burlarán de tus muñecas. Las niñas
del barrio pasarán tiempo contigo, pero ante el mÃnimo disgusto
infantil, ellas te echarán del corrillo exhibiendo tu calidad de
varón. Crecerás. Alguien probará tu cuerpo y tú probarás su
rechazo. Serás admitido en las fiestas siempre y cuando seas el amigo chistoso, el
confidente inocuo de las mujeres, o el útil dispensador de cervezas
de los chichifos. Tus manos de maricón no sabrán de bisturÃes ni
de computadoras. Menos de libros sobre leyes. Serás el joto del
barrio que corta el cabello. Alégrate, pues por fortuna, no serás
el puto que vende su cuerpo y que, como todo homosexual, morirá de
sida
VivÃa
frente a la terminal de autobuses. Era un vagabundo, no tenÃa casa,
pero vivÃa frente a la terminal de autobuses. Su larga barba, recta
y rubia, le conferÃa un aura de sabio eremita. Aislado del mundo
dentro de la ciudad. Como San Antonio, contemplaba las tentaciones en
ese desierto de calles. Como San Jerónimo, escribÃa continuamente sobre un volumen de hojas. ¿Redactaba un diario, una novela, la resolución de un
problema matemático? Yo creo que construÃa aforismos para el arte de mirar. Yo creo que él se hartó del
mundo y se escondió del mundo dentro del mundo. No era un loco de
mirada perdida. No era un vago de sonrisa desfachatada. En algún
punto decidió no regresar más a su casa, a su trabajo; tomar una
mochila y un cuaderno y abismarse dentro de la ciudad. Quizá ahora
esté a punto de ser crucificado












