jueves 11 de noviembre de 2010

La carne de las ciudades



No hay piedra más pesada que la memoria.

Las calles y su polvo,

las casas y sus grietas,

todo lo inanimado no es la ciudad.

Las voces que mueren en cada esquina,

las sonrisas fosilizadas en el viento,

aquellas miradas acuosas fotografiadas por el atardecer,

las caricias clandestinas

en habitaciones anónimas,

la sangre seca que forma

manchas negras en el asfalto,

todo lo degradable, lo que se olvida y se recuerda,

lo imaginado y lo sufrido,

son los rascacielos, los puentes y avenidas,

las esculturas y torres y templos

que forman en verdad

a la ciudad.

No se llore por los templos perdidos

ni por la traza original de jardines modificada,

tampoco se maldiga la caída

de campanarios,

ni la pérdida de puertas o columnas.

Habría que lamentarse

la inexistencia de la sonrisa

que dos jóvenes compartirían

detrás de aquellas puertas.



Las piedras son la carne de las ciudades.

Hay algo que las animas, que las mueve

hacia su esplendor y su muerte

¿es acaso, la misma sustancia que promueve los mismos efectos

en aquellos llamados humanos?