lunes 16 de agosto de 2010

Primero fue la pradera



Al principio sólo fue un gran llano dilatado que en verano se cubría con espigas de color rojo. El sol incendiaba aquellas volátiles y satinadas plantas. Un tímido riachuelo atravesaba furtivamente la llanura.

Nadie sabe en qué momento llegó el primer hombre al lugar. La imaginación me obliga a pensarlo alto, de rasgos severos y piel curtida por los soles de la vida nómada. Cabello negro y lacio que reflejaba los últimos destellos de un atardecer primitivo. Quizá una pluma como tocado, o aretes elaborados con finos canutillos de juncos pintados de rojo, amarillo y negro.
–Aquí –debió susurrar, en solitaria complicidad con el viento.
Y ahí fue. En el centro de la llanura infinita dejó que la sombra de sus pasos se estableciera.