Sólo
diré que en mi pueblo había un loco llamado Florencio. Andaba
cubierto con una cobija porque siempre sentía frío. El agua le
provocaba pavor. Dicen que antes de volverse loco fue muy inteligente
y que estudiaba mucho. Quería ser maestro. Dicen que era pobre y que
se iba a la escuela con una taza de café aguado en la panza.
Recuerdo su cuerpo grueso vagar por la calles. A veces puedo ver su
cara mugrosa pidiendo un taco para comer. Él, el loco que quiso ser
maestro, rondaba las calles de la escuela primaria. A veces era como
un niño, otra veces era agresivo con los adultos. Nunca tuvo el
cabello largo porque una de sus hermanas se acordaba de él de vez en
cuando y lo rapaba. Había días en los cuales se portaba mal y esa
hermana le daba de palos. Muchos lo engañaban, diciéndole que le
darían algo de comer, y cuando estaba cerca le aventaban una cubeta
con agua. Me gustaba ver cómo arrastraba su cobija a cuadros por
las calles. Los flecos de tela rozaban la tierra y murmuraban grandes verdades. Un día, cuando Florencio cruzaba la carretera,
murió atropellado. Aún hoy, tantos años después, logro escuchar
su voz seca contestándole al viento
Un
embarazo imprevisto que ya no pudo ser aborto. «Ser padre es lo
máximo», repetirás detrás del volante a cada pasajero que suba a
tu taxi. «Por que yo iba a terminar la carrera», dirás para
conjurar los tiempos donde lo único que te preocupaba era la
suficiencia de la mota. «Pero ser padre es lo máximo», será tu
letanía diaria, el engaño que te permita despertar por las mañanas
y conducir, sin extraviarte, por las calles de una ciudad que vive
sin ti
Así
lucía yo en 1978. Esto es un cuento. Fue durante un viaje a Oaxaca
hace casi cuarenta años. Graciela venía conmigo. Era joven, como
siempre, y aún tenía vida. Escuchamos sobre El Tule, Mitla,
Hiervelagua, nombres que se encuentran en cualquier guía turística.
No quise viajar en un tour. Yo siempre llego al lugar indicado
sólo con mi intuición. No me pierdo.
Fotografiar aquel árbol eterno no
me entusiasmaba mucho: había visto tal cantidad de postales en el
mercado con su imagen que ya no me era necesario conocer su sombra.
Tal vez por eso me perdí.
Nos perdimos, quiero decir. Tomamos un autobús que nos llevó
fuera del centro de la ciudad, y cuando estuvimos ya muy lejos decidí
bajar. Vi un monumento a Juárez.
Caminé por un pueblo de tres calles, hasta que llegamos
a las vías del ferrocarril. Cerca se encontraba un grupo de
vigorosos laureles. Debajo de las copas de los árboles dormía una
sombra, mientras a su alrededor el suelo sucumbía ante el medio día.
Las vías se tensaban al tacto del sol y los pedernales eran
sugerencias de llamas
blancas. Sólo palabras, imágenes que se le ocurren a cualquiera.
Esto es un cuento.
Decidimos
caminar sobre las vías, en un juego reiterativo de equilibrio. Ahí,
al borde de un abismo minúsculo, ella
recordó unas líneas de Pedro
Páramo: «la luz entera
del día que se desbarataba haciéndose trizas». Las únicas que
sabía de memoria y que ahora consulto para entender el
sentido del pasado. Continuamos y
vimos a lo lejos a tres niños que
jugaban entre los durmientes.
La perspectiva, el sol, los niños, fue demasiado para mí, no
pude resistir tomar una pueril foto
de la escena. El obturador se abrió y entonces sentí
que saltaba
de un barco a mitad del mar. Es difícil. Es difícil prolongar la
ficción. Ser Sherezada y escapar de la muerte en cada recuerdo,
ver una fotografía con la misma esperanza con la que se abre una
puerta de emergencia y dejar atrás
cadáveres imaginarios para evitar el alcance. Ella, curiosa
como siempre, examinará cada detalle del pasado. Esto
es un cuento y así lucía en 1987.
Caminamos
por el interior del pueblo para comprar algo de beber. Frente a una
tienda desabastecida jugaba
un niño casi desnudo. Ella lo miró con gracia, lo llamó
como se llama a una mascota y le
dijo que le daba un dulce a cambio de que cantara algo y bailara. El
niño no hablaba todavía, pero se ganó un dulce gracias a la acción
de sus miembros obesos. No dudé en tomar una foto a esa
reminiscencia africana, una especie de Venus paleolítica
infantil. Las carcajadas de
Graciela llegaron a ser lascivas. Su condición
sádica de escritora lo justificaba todo.
—Déjala
—dijo Sempronio—
que de eso vive, que yo sé que el diablo le mostró tanta ruindad.
Entonces, yo también reí.
—Sales,
te pierdes, ¡y estás en México! —dijo
ella— en el México
surrealista de Breton.
—Artaud
—la corregí.
—Sí.
Sólo falta el peyote.
—O
un maguey —hubiera
añadido.
Pero
hubo mezcal y aquella noche
quedamos tirados en alguna de las calles verdes y secas del centro de
la ciudad. Ella se suicidó al día siguiente porque estaba
embarazada y no quería que su hijo fuera un remedo surrealista. La
había conocido hace dos semanas, por eso me era todavía tan
divertida.
A
Eva Lucía la conocí veintisiete años después en una calenda que
atravesaba el centro de Oaxaca.
Me decidí a comprar un paquete de turista para conocer
aquello que no alcancé a ver en la visita pasada.
En el tour por
Mitla y El Tule conocí a Tomo y Kito, dos jóvenes de Fukushima. Al
regresar, comimos en un
restaurante ubicado en la calle Macedonio Alcalá.
Cuando salimos, pasaba una
calenda que promocionaba productos de belleza. También había
mezcal. Esa noche cogí con Eva. Siempre he tenido una cámara
fotográfica conmigo. Esto es un cuento y la cogí como a ninguna
mujer. Rondaría los diecisiete años y pertenecía al grupo
folklórico que bailó por las calles.
Cinco
años después la violaron. Y le destrozaron el cráneo. Y la
volvieron a violar. Eso fue en Salina Cruz y yo no estuve ahí. Una
tarde él vino y me dijo: «está muerta» y no le creí. Cinco años
después una doctora me ha dicho: «vas a morir». Y no le he
creído. Pero las pesadillas son terribles. He dejado de reconocer
muebles y rostros. Te confundo a ti. Permito la putrefacción de los
recuerdos y suspiro ante la
vista rememorada de las flores salvajes del acahual, porque yo
no tengo la fortaleza de Sherezada.
Hubiera
querido estar en Oaxaca en 1978,
pero yo todavía no nacía. Tomo me escribió desde Nagasaki o Kioto.
Hubo una bomba. ¿Fukushima? Ya nunca supe nada del par de
japonesas. Bailaron con nosotros.
Eva bailaba. Veo las fotografías. Los momentos congelados. Una,
en específico, en donde yo
saludo a alguien y desvío la mirada. Porque soy el Minotauro
y son estas fotografías mi laberinto, que barajo con un temblor de
manos. Aparece la última imagen
donde aún me reconozco. Vas
a morir. La muerte no tiene ojos, por eso es difícil de engañar.
Esto es un cuento y Sherezada ha comprobado que, si no la muerte, por
lo menos el destino, sí atiende a las palabras. Por eso he ido
pronunciando los nombres, y con los nombres he ido formando
una barricada. Astuta la estrategia de los topos.
Así
lucía hace dos años. El hombre de la primera
foto murió a los treinta años en la carretera que conduce
a Mitla, la ciudad de los muertos. Esto es un cuento y el niño de la
segunda foto tuvo un sobrino
que vivió solo un mes,
el bebé murió de un mal cardiaco.
Yo vi su cajón blanco, pequeño, tan pequeño que cabía entre mis
brazos. Estos son mis hijos. Los mutantes surrealistas del pasado.
Estos son mis hijos, los que nunca veré crecer porque ya
fallecieron. Eva fue asesinada en Salina Cruz. El bebé murió en
Santa Cruz Amilpas.
Hace días, en la calle, la
vi por fin. Me miró y sonrió mórbidamente. Era un hombre con
facciones de rata y barba crecida. No me atreví a voltear para
verificar su existencia.
Te
dije que trataba sobre muerte, Sherezada. ¿Qué más puedo decir?
Esto es un cuento y no quiero parar. Me refiero a la distorsión, por
supuesto. Me refiero al acto de escapar,
porque
mil noches siguen siendo muy pocas noches.
De
lunes a sábado prepararás comida para extraños que ya no te son
ajenos. Tus manos curtidas han envejecido al amparo del fuego de la
estufa, del calor de las ollas, el único que conoces. Miles de
cebollas y tomates han pasado debajo de tu cuchillo. Cientos de
pollos han sido aderezados y cocidos, en medio de un vapor constante.
De lunes a sábado servirás platillos insípidos para paladares
anestesiados y, al final, por las tardes, mientras laves el piso de
la fonda, ignorarás que también lavas de tu vida cualquier
resquicio de ambición
Una
noche, detrás de la caja de un Oxxo, te preguntarás qué se sentirá
estar borracho en el centro de la ciudad, junto con tus amigos —que
hablan de viajes a otro países y de los posgrados que quieren
realizar— pagando cervezas y cigarros con una tarjeta de crédito. «Foucault,
Deleuze, Derrida» serán para ti nombres irrepetibles,
pero que desearás poder pronunciar. Tratarás de ver el rostro de
aquellos jóvenes de tu misma edad, pero ellos sólo observarán tu
uniforme, una caja registradora, un tícket y un espacio para firmar
Quisiera
ser prostituta. Vivir de noche y ser inmune al espanto primerizo de
la enfermedad venérea. Ser, aunque no lo sepa, sólo un objeto
de la maquinaria social ante los ojos de un joven clasemediero. Andar
con la máscara floja y pendiente luego de los golpes de algún
borracho. Ser ignorante de toda la sabiduría que desprende el rímel
de mis ojos. Bostezar, ajena a lo que un hijo tímido de la burguesía
pueda ver en mí, acostada en una cama, mientras le pregunto al
muchacho si vamos a hacer algo o es de esos raros que sólo gasta la
hora en mirar al vacío y hacer preguntas tontas
Si
hay algo que me pone de buenas es ver a un indigente acostado sobre
una banqueta, a la luz del día. Disfruto observar cómo tira cada
una de sus horas interminables por las bancas de los parques o en los
portales de las plazas principales. Es inevitable, un débil gozo se
apodera de mí. Basta verlo meditar y descansar como si se
encontraran a mitad de las más esplendorosas vacaciones. Y me
masturbo pensando en sus días y su desperdicio inaudito. No lo
compadezco, incluso lo envidio: no anda por la calle preguntando la
hora, ni tiene que hacer filas frente a los bancos, tampoco sirve de
alimento a la bestia burocrática. Es claro que no es feliz, pero no
necesita hacer cosas que lo hagan más infeliz, ahí, señores del
hogar, radica su gran triunfo y su más lograda libertad
Será
en un hospital público donde nacerás. Las sábanas raídas no
reflejarán luz alguna ante la mirada vacía de tu madre. Serás uno
más entre ese amasijo de pelos y bocas sin padre. Alguna noche, tu
madre volteará a verte, indecisa de tu nombre. No sabrás que ese
odio en sus ojos será producido por el desconcierto de un futuro
arrasado. Un foco pendiente de un cable envuelto en telarañas y
cochambre, como terciopelo, iluminará tu miedo. Un día, en la clase
de historia, sabrás que hay muchas cosas que no sirven para nada y
no regresarás a un salón de clases nunca más. Encontrarás la
felicidad en ver la televisión por las mañanas y comer papas fritas
con tu novia por la tarde. Felicidad efímera que irás olvidando
durante las noches detrás de un mostrador de farmacia, mientras ella
echa una mirada bovina a tu hijo recién nacido. Leerás con ojos
rojizos las letras de los médicos especialistas en
otorrinolaringología, surtirás condones a jóvenes que emanan
perfumes dulces. Luego trabajarás en diez lugares distintos y una
noche, con el cuerpo ya arruinado, durante la cena, bajo la luz de un
foco oscilante, pensarás en los coches que has conducido como
chofer, en las casas grandes que has pintado, en las mujeres a las
que atendiste como mesero y mirarás a tu hijo y no sabrás cómo
ocultar tu odio
El
clima es muy importante. Debes verificar cuáles son las temperaturas
máximas y mínimas, la humedad imperante, etc. Los inviernos suelen
ser los más peligrosos y los climas húmedos pueden propagar hongos
y líquenes. El clima es lo más importante. Vas a una ciudad que lo
tiene todo, pero si el invierno te mantiene en cama durante meses, si
la humedad despedaza las páginas de los libros que habrás de
consumir durante el día, nada habrá valido la pena.
Hoy,
presiento, es momento de buscar otra ciudad. Aquí ya hay demasiada
gente, o por decirlo de otra manera, ya queda muy poca gente que no
sospeche. Son cambios mínimos en la forma en que me miran. Un
distanciamiento milimétrico al cruzarse conmigo en la calle.
Sonrisas que antes eran naturales, ahora tienen un tinte de miedo. Lo
sé. Huelo el sonido de la despedida. Es instintivo, eso ha de sentir
el cachorro de león días antes de alejarse para siempre de su
madre. Eso experimento hoy. Aquí las calles ya son una reiteración
cotidiana. Betancourt. Azueta. Subo y bajo por las pendientes
mientras sueño con hacer maletas. Cruzo las avenidas y los nombres
de otras ciudades susurran sus proesas a mi lado. Pero lo crucial es
el clima. Allá están las ciudades del norte, modernas, limpias,
pero en medio de desiertos extremosos. Allá están las ciudades del
trópico, alegres y paradisíacas pero llenas de mosquitos insanos,
de médanos, de insalubres drenajes junto al mar. Una ciudad me
llama, templada, de clima ligeramente seco y protegida de huracanes y
vientos por montañas. Pero no es tiempo aún. Esa fue la primera y
será la última.
Quizá
Europa de nuevo, con su sangre rancia y vieja, insípida sí, pero
con la dosis de indiferencia perfecta. Allá la gente lo puede saber
y no creerlo, es una ventaja sobre América: los americanos viven en
una realidad extendida donde yo soy posible pero no admitido. Nadie
quiere que una noche de verano, por las ventanas abiertas, entre yo a
degustar un poquito de su sangre
Su
mirada cansada no logra ir más allá del cristal de la ventana. Las
arrugas suspiran hacia el suelo y luego los labios tiemblan al
pronunciar susurros que escriben nombres con el vaho danzante sobre
el vidrio. Los vellos de su barba se pierden entre los pliegues de su
rostro. Vi su fotografía en el periódico. Lucía aturdido y tan
anónimo que casi lo paso por alto. Tardé en reconocerlo. El hombre
de aquella foto no era el abuelo de mi infancia que me daba dinero
por cada beso en su mejilla todavía firme. Aquel que no lloró ante
el rostro frío de la abuela y que dejó de hablar paulatinamente,
con el paso de los días. Creímos que iba a morir pronto. La tía
Elena lo pensó y por eso se ofreció a cuidarlo cuando los vecinos
avisaron que tocaba las puertas buscando a María, la abuela. Lo
reconozco ahora. Su ropa sucia y su perfume agrio de viejo no
impidieron que yo, por un momento, deseara ir a abrazarlo.
—¿Es
él? —pregunta el oficial.
Mis
labios tiemblan ante la respuesta. Recordé las lágrimas de tía
Elena y sus quejas continuas. El anciano voltea dando pequeños
pasos, como un autómata averiado y veo sus ojos grises y sus labios
gruesos y oscilantes. Un gorro de estambre. Un pantalón sucio. Sí,
ese es el montón de recuerdos de la familia, es el cuerpo que se
acerca a una mesa y tropieza con la silla.
—No,
perdón, pensé que podría ser él, pero mi abuelo es más alto
Nadie
pensó que él podría ser uno de ellos. «Era tan buena gente»,
dice la vecina. «Si apenas yo ayer lo vi normal», piensa un
compañero de trabajo. Y la madre del joven de veintidós años no
sabrá siquiera cómo hilar pensamiento, ella tan adentro de este desastre.
Bastaron
algunos lustros y un poco de alcohol para que ese joven violara
brutalmente a un infante de seis años. Y en la desesperación que
sigue al deseo complacido, decidió hacerse homicida también.
Habrá que eliminar todo lo relacionado con esa telaraña de silencios, todo, incluso a él mismo
Habrá que eliminar todo lo relacionado con esa telaraña de silencios, todo, incluso a él mismo
Mis vecinos pálidos, ojerosos, me traen el dulce olor de la peste. Exangüe rostro solvente del mundo y mi excreción mezclada con el día. Busco la peste igual como ella a mí. No hay alternativa mórbida vida
La mecánica de los manicomios, gasolineras incendiadas y un buen saludo ante el amanecer. Eyección dolorosa reiterada, maldita verdad, ámpula perenne de un viaje largo sin Ítaca. Ellos, como yo, empezamos a morir
Y en un día soleado las cenizas de nuestros huesos subirán, fantasmas grises, ensartadas de luz. Manto blanco que caes como fuente, cascada la muerte inunda las vidas
Nuestras blancas cenizas subirán y vecinos nuestros y yo holgaremos, desde la claridad de una mañana de verano. La sombra de nuestro humo no refresca
Vecinos queridos: amadme pues soy de los suyos
mira mi rostro: anuncia noche invertida y
cobriza. En mí viven el demonio y el
ángel; el santo es piedra todavía
muerta y mi rostro es todavía
oscuro, mezcla hierático luces de
placer, con jugo de verbos voces
pasivas de las calles y ahora callo
atónito una llama llamada tu voz
tésala: fuego custodiado por
estertores
y salta el alto asombro
sobre mí, cúspide de tierra baldía,
escéptica, abonada con la ceniza de
las ciudades. Nínive no rescata ni su
barros del desierto que abre sus
fauces
silenciosas tintas tejen
lunares y mi rostro es la arena que
acepta una piedra más, raíz última
de tu voz. El dolor se busca así un
ojo de agua casi como el rocío a la yema, así las peñas encuentran
del árbol la inevitable caricia a la
sombra
canto vegetal repta por la
noche, rostro espejo gris de la
vía láctea, el canto mineral sobre mi
piel nocturna, faz de día mirando la
oquedad de un ojo glauco mato osos sin leones alrededor y bostezo ante tu bello ojo
ciego, ladrón de piedras que nunca
valdrán, gran sanador de caderas
perpetuas, libertador de la cadena
artrítica, abigeo de corderos ateos, aborigen tardío desterrado, retórico de la tautología, plañidero de los ejecutados:
ya es hora de que empieces
a morir, trasmina el espejo en
la pared
Castillos de sal en la arena de un mar lunar. Aquí es el pecho que nunca ha sentido el estallar de vísceras, es un lugar en la luna con atardeceres terrestres y tiene el color sospechoso del que huye y no sabe porqué. Es tiempo y lugar que aún no nacen y morirán apenas lo hagan
Lágrimas que se niegan a salir. Es la sustancia que provoca el hormigueo, el fulgor fúnebre de los que han descubierto los hilos negros del juego llamado muerte
¡Los trucos nos harán felices!
Cada vez más me es pesado y ajeno todo: la sal y las alas, el bosque
Sombra de la luna a mi sombra, los cabellos del sol sobre mi pubis
Forma que dé forma a sueño y neblina de noche el tic-tac de dedos verdugos
Cárcel portátil e invisible, barrotes de carne que cercan ojos, cercanos ojos secan los hinojos, mojo con tu enojo el rojo manojo, ¡y ya está!, la viscosa siempre afuera, esperando un descuido que me aplaste: una muerte enana y blanca o un sueño que canta himnos en lenguas orgánicas
Describe figuras en dimensiones mayores. Conjuga verbos en presente perfecto del futuro iterativo del pasado
Las sonrisas del pasado son inasequibles. Decoración de un momento memorable memoria mentirosa yo con gusto te creo otra memoria lubrica las palabras que se niegan a brotar
Los accidentes verbales siempre serán pocos e insuficientes. Hablar después de saberse inútil ya sólo es un pretexto.
La luna y sus atardeceres de Tierra
Las groseras muecas de la vida: un hombre se ahoga en el mar y ahí ocurre la muerte de su esposa
Las caricias marchitas hoy anidan en un rostro sin piel, que mira atónito. Da lástima el recuerdo al amar días frente a la mar ardían frente llena de planes yo reventaba en calor el color de sonrisa suficiente es la sombra de la muerte
Engañadas sonrisas en labios de muchachos. Conyugal risa muerta del matrimonio que odia. La vida es una pausa.
Cuerpos: Los gordos monumentos. Mirada que nace del vacío
Miente si es necesario y dale, a cada día de los relojes, a cada minuto de las pieles, laxas luces que oculten las miradas podridas
Quisiera gritar como un loco: reír, herir, ir al río y flotar, ver las altas acelgas azules, morir sin voces alrededor. Simple como mi vida sin vidas; pasto, un sol, un monte eso basta
Pero lee las líneas prohibidas. Escucha los sonidos vedados, extrapola mis ideas y ahórcate con los adjetivos:
Pero lee las líneas prohibidas. Escucha los sonidos vedados, extrapola mis ideas y ahórcate con los adjetivos:
intacto
dolido
cóncava
navegante
ahórcame y muramos todos, pero vivamos un momentito:
pausa
pausa
aún pausa
stop
Bebamos de este tiempo otrora
sicalíptico, los ayeres dulces de la memoria
Pozo de los deseos: deseo
ver el mar y soñar, sólo soñar, bañar mis sueños con sal, ceñir tus señales con la lengua húmeda de todas las realidades
Ayer fue un paraíso y hoy tengo frío














